Una obra con alma no impone: invita. No convence: resuena. No exige ser entendida: reclama ser sentida.
El alma comienza en el gesto inicial del creador, pero no se queda en quien crea. La obra nace para salir, para habitar otros cuerpos, para completarse en otro.
La obra no está completa en el taller ni en el escenario. Se completa cuando alguien la habita, la contempla, se refleja en ella.