El explorador lo aprendió temprano, aunque no lo supiera nombrar: no puedes diseñar en México como si estuvieras en Cupertino.
No es una cuestión de recursos. No es envidia ni complejo de inferioridad. Es algo más profundo: una diferencia epistemológica.
Porque México no vive la modernidad como progreso lineal, sino como tensión barroca. Y el explorador, en lugar de huir de esa tensión, decidió habitarla. Estudiarla. Convertirla en método.